Caida del Imperio Seléucida

Hacia 100 a. C., el antaño formidable Imperio seléucida abarcaba poco más de Antioquía y algunas ciudades sirias. A pesar de la evidente caída de su poder y el declive de sus dominos, los nobles siguieron desempeñando la función de hacedores de reyes sobre una base regular, con la intervención ocasional del Egipto ptolemaico y otros poderes foráneos. Los seléucidas continuaban existiendo, únicamente porque ninguna otra nación deseó absorberlos ―dado que constituían un útil estado tapón entre el resto de sus vecinos. En las guerras anatolianas entre Mitrídates VI del Ponto y Sila de Roma, los seléucidas fueron aislados por los dos bandos combatientes.

El ambicioso yerno de Mitrídates, Tigranes II el Grande, rey de Armenia, vio sin embargo una oportunidad de expansión en la constante lucha civil del sur. En 83 a. C., por invitación de una de las facciones en la interminable guerra civil, invadió Siria, y pronto se estableció como gobernante de la región, poniendo prácticamente fin al Imperio seléucida.

Pero el reino seléucida no estaba aún acabado. Tras la derrota de Mitrídates y Tigranes por el general romano Lúculo en 69 a. C., el reino seléucida fue restaurado bajo el rey Antíoco XIII. Incluso ahora, no pudo evitarse la guerra civil, pues otro seléucida, Filipo II, disputó el trono a Antíoco. Tras la conquista del Ponto, los romanos se alarmaron cada vez más por la constante fuente de inestabilidad de los seléucidas en Siria. Una vez derrotado Mitrídates en 63 a. C., Pompeyo marchó aún más al sur, para establecer la supremacía romana en Fenicia, Celesiria y Judea, y se dedicó a la tarea de rehacer el Oriente helenístico mediante la creación de nuevos reinos clientes y el establecimiento de nuevas provincias. Si bien a las naciones cliente como Armenia y Judea se les permitió un cierto grado de autonomía bajo los reyes locales, Pompeyo vio a lo seléucidas demasiado inestables para continuar y acabó con el problema de los dos príncipes rivales convirtiendo Siria en provincia romana. Las ciudades helenizadas de la región, particularmente las ciudades de la Decápolis, durante siglos contaron la fecha desde la conquista de Pompeyo, un calendario llamado la era pompeyana.

Después de esto, Pompeyo capturó Jerusalén. En aquella época, Judea estaba quebrantada por la guerra civil entre dos hermanos judíos que favorecieron a diferentes facciones religiosas: Hircano II (apoyando a los fariseos) y Aristóbulo II (apoyando a los saduceos). La guerra civil estaba causando la inestabilidad y expuso el flanco desprotegido de Pompeyo. Sintió que tenía que actuar. Ambas facciones dieron dinero a Pompeyo por su ayuda, y una delegación seleccionada de fariseos fueron en apoyo de Hircano II. Pompeyo decidió unir sus fuerzas a las del bondadoso Hircano II, y su ejército conjunto de romanos y judíos asediaron Jerusalén durante tres meses, después de los cuales la tomaron de Aristóbulo.28 Aristóbulo fue encarcelado y sus partidarios se refugiaron en el templo, que fue tomado en el año 63 a. C. muriendo 12.000 judíos. Pompeyo entró en él, incluso hasta el Sancta Sanctorum. Fue al templo para comprobar si los judíos carecían de estatuas o imágenes físicas de su Dios en el lugar más sagrado de veneración. Para Pompeyo, era inconcebible rezar a un Dios sin retratarlo en un tipo de parecido, como una estatua. Lo que Pompeyo vio no se parecía a nada que él hubiera visto en sus viajes a lugares santos. No encontró ninguna estatua, imagen religiosa o descripción pictórica del dios hebreo. En lugar de ello vio rollos de la Torá y quedó confundido.

«De los judíos cayeron doce mil, pero de los romanos muy pocos… y no se cometieron daños insignificantes en el templo en sí, que, en épocas anteriores, habían sido inaccesible, y visto por nadie; pues Pompeyo entró, y no pocos de aquellos que estaban con él fueron también, y vieron lo que era ilícito que viera cualquier otro hombre distinto a los sumos sacerdotes. En aquel templo estaban la mesa dorada, el sagrado candelabro, y los recipientes para libaciones, y una gran cantidad de especias; y además de estos había tesoros dos mil talentos de dinero sagrado: pero Pompeyo no tocó nada de todo esto, debido a su consideración hacia la religión; y en este punto también actuó de una manera que era merecedora de su virtud. Al día siguiente dio la orden a aquellos que estaban a cargo del templo que lo limpiaran y que llevasen las ofrendas que la ley exigía a Dios; y restauró el sumo sacerdocio de Hircano, tanto porque le había resultado útil en otros aspectos, y porque dificultó que los judíos del país dieran ayuda a Aristóbulo en su guerra contra él».
 
 
Antiguedades Judías, Claudio Josefo, libro 14, capítulo 4

 

Fue durante la guerra en Judea que Pompeyo supo de la muerte de Mitrídates. Habiendo sido abandonado por las ciudades griegas del Euxino septentrional, su ejército lo abandonó por su hijo Farnaces, con lo cual Mitrídates cometió suicidio. Con Tigranes como amigo y aliado de Roma, la cadena de protectorados romanos se extendía entonces hacia el Este alcanzando el mar Negro y el Cáucaso.

Aristóbulo partió para Roma con sus hijos, para formar parte del triunfo de Pompeyo, e Hircano fue nombrado de nuevo como sumo sacerdote. La cantidad de tributo y botín que Pompeyo llevó a Roma fue casi incalculable: Plutarco habla de 20.000 talentos en oro y plata añadidos al tesoro, y el incremento de los impuestos para el tesoro público alcanzó de 50 a 85 millones de dracmas anualmente. Pompeyo vinculó Judea a la provincia de Siria, aunque dejándole a Hircano una parte de autoridad sobre Judea, Perea y Galilea. Su brillantez administrativa fue tal que sus disposiciones perduraron mucho tiempo sin cambiar hasta la caída de Roma.

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