Establecimiento del Imperio Seléucida

 
Alejandro de Macedonia, hijo de Filipo, partió del país de Kittim, derrotó a Darío, rey de los persas y los medos, y reinó en su lugar, empezando por la Hélada.
 Suscitó muchas guerras, se apoderó de plazas fuertes y dio muerte a reyes de la tierra. Avanzó hasta los confines del mundo y se hizo con el botín de multitud de pueblos. La tierra enmudeció en su presencia y su corazón se ensoberbeció y se llenó de orgullo. Juntó un ejército potentísimo y ejerció el mando sobre tierras, pueblos y príncipes, que le pagaban tributo.
 Después, cayó enfermo y cononció que se moría. Hizo llamar entonces a sus servidores, a los nobles que con él se habían criado desde su juventud, y antes de morir, repartió entre ellos su reino.
Reinó Alejandro doce años y murió. Sus servidores entraron en posesión del poder, cada uno en su región. Todos a su muerte se ciñeron la diadema y sus hijos después de ellos durante largos años; y multiplicaron los males sobre la tierra.

 1 Macabeos 1:1-9

 Muerte de Alejandro Magno y división del reino

En el año 334 a. C. Alejandro empezaba la conquista del Imperio persa, dominando el Oriente Medio en el 332. El 13 de junio del 323 a. C. (10, según otros autores), Alejandro murió en el palacio de Nabucodonosor II de Babilonia. Le faltaba poco más de un mes para cumplir los 33. Tras beber copiosamente, inmediatamente antes o después de su baño, le metieron en la cama por encontrarse gravemente enfermo. Los rumores de su enfermedad circulaban entre las tropas, que se pusieron cada vez más nerviosas. El 12 de junio, los generales decidieron dejar pasar a los soldados para que vieran a su rey vivo por última vez, de uno en uno. Ya que el rey estaba demasiado enfermo como para hablar, les hacía gestos de reconocimiento con la mirada y las manos. Al día siguiente, Alejandro ya estaba muerto.

Alejandro no tenía ningún heredero legítimo y obvio. Su medio hermano Filipo Arrideo era deficiente, y su hijo Alejandro nacería tras su muerte, y su otro hijo Heracles, cuya paternidad está cuestionada, era de una concubina. Debido a ello la cuestión sucesoria era de vital importancia.

En su lecho de muerte, sus generales le preguntaron a quién legaría su reino. Se debate mucho lo que Alejandro respondió: algunos creen que dijo Krat’eroi (‘al más fuerte’) y otros que dijo Krater’oi (‘a Crátero’). Esto es posible porque la pronunciación griega de ‘el más fuerte’ y ‘Crátero’ difieren sólo por la posición de la sílaba acentuada. La mayoría de los historiadores creen que si Alejandro hubiera tenido la intención de elegir a uno de sus generales obviamente hubiera elegido a Crátero porque era el comandante de la parte más grande del ejército, la infantería, porque había demostrado ser un excelente estratega, y porque tenía las cualidades del macedonio ideal. Pero Crátero no estaba presente, y los otros pudieron haber elegido oír Krat’eroi, ‘el más fuerte’. Fuera cual fuese su respuesta, Crátero no parecía ansiar el cargo.

El imperio se puso bajo la autoridad de un regente en la persona de Pérdicas en 323 a. C., y los territorios fueron divididos entre los generales de Alejandro, quienes se convirtieron en sátrapas por la Partición de Babilonia.

Reinado de Seleuco

Los generales de Alejandro se enfrentaron por su supremacía sobre partes del Imperio, y Ptolomeo, uno de los generales y sátrapa de Egipto, fue el primer desafío al nuevo gobierno, lo que llevó a la desaparición de Pérdicas. Su rebelión condujo a una nueva partición del imperio en el Pacto de Triparadiso en 320 a. C. Seleuco, que había sido el “comandante en jefe del campamento” de Pérdicas desde 323 a. C., colaboró más tarde en su asesinato, recibiendo Babilonia en 312 a. C., y desde aquel punto continuó ampliando sus dominios sin piedad. Seleuco se estableció en Babilonia ese mismo año, tomándose esa fecha como la de la fundación del Imperio seléucida. Y no solo se hizo con Babilonia, sino también recibió toda la enorme parte oriental del Imperio alejandrino:

    Siempre al acecho de las naciones vecinas, fuerte en armas y persuasivo en consejos, él [Seleuco] adquirió Mesopotamia, Armenia, Capadocia ‘seléucida’, Persis, Partia, Bactriana, Arabia, Tapuria, Sogdiana, Aracosia, Hircania, y otros pueblos adyacentes que habían sido subyugados por Alejandro, tan lejanos como el río Indo, por lo que las fronteras de su imperio eran las más extensas de Asia después de las de Alejandro. La totalidad de la región desde Frigia al Indo fue sometida por Seleuco.

    Apiano, Las guerras sirias.

Sin embargo, incluso antes de la muerte de Seleuco, le era difícil asegurar el control sobre los vastos dominios seléucidas de la zona oriental. Otros territorios se perdieron antes de la muerte de Seleuco, como Gedrosia, al sudeste de la meseta iraní, y, en el noreste, la Aracosia al oeste del río Indo.

Antíoco I, II y III

Antíoco I (281-261 a. C.) y su hijo y sucesor Antíoco II Theos (261-246 a. C.) encontraron desafíos en el oeste, incluyendo repetidas guerras con Ptolomeo II y una invasión celta de Asia Menor ―disminuyendo así el dominio de la parte oriental del imperio. Hacia el final del reinado de Antíoco II, varias provincias proclamaron simultáneamente su independencia, como Bactriana bajo Diodoto I, Partia bajo Arsaces y Capadocia bajo Ariarates III.

Un renacimiento comenzaría cuando el hijo menor de Seleuco II, Antíoco III el Grande, subió al trono en 223 a. C. Aunque inicialmente fue vencido en la Cuarta Guerra Siria contra Egipto, que llevó a la vergonzosa derrota en la batalla de Rafia (217 a. C.), Antíoco resultaría ser el mejor gobernante seléucida después del mismo Seleuco. Tras la derrota de Rafia, pasó los siguientes diez años en su propia Anábasis en la parte oriental de sus dominios ―restaurando vasallos rebeldes como Partia y Bactriana al menos a una obediencia nominal, e incluso emulando a Alejandro con una expedición a la India, donde se reunió con el rey Sofagáseno.

Cuando regresó al oeste en 205 a. C., Antíoco consideró que con la muerte de Ptolomeo IV, la situación parecía propicia para otra campaña occidental.

Antíoco y Filipo V de Macedonia firmaron entonces un pacto con el que dividirse las posesiones ptolemaicas fuera de Egipto, y en la Quinta Guerra Siria los seléucidas expulsaron a Ptolomeo V de Celesiria. La batalla de Panio (198 a. C.) significó la transferencia definitiva de la región de los Ptolomeos a los seléucidas. Antíoco parecía ser el restaurador de la gloria del Reino seléucida.

La gloria de Antíoco no iba a durar mucho tiempo. Después de que su antiguo aliado Filipo fuera derrotado a manos de Roma en 197 a. C., Antíoco vio la oportunidad de expandirse por Grecia. Alentado por el exiliado general cartaginés Aníbal, y aliado con la descontenta Liga Etolia, Antíoco invadió Grecia. Esta lamentable decisión condujo a su caída: fue derrotado por los romanos en las batallas de las Termópilas (191 a. C.) y Magnesia (190 a. C.), y se vio obligado a firmar la paz con los romanos por el humillante tratado de Apamea (188 a. C.), que le obligó a abandonar todos los territorios europeos, ceder toda el Asia Menor al norte de los Montes Tauro a Pérgamo y pagar una enorme suma de dinero como indemnización. Antíoco murió en 187 a. C. durante otra expedición al este, destinada a obtener dinero para pagar la indemnización.

Antíoco IV Epífanes

Antíoco IV Epífanes (Αντίοχος Επιφανής en griego, 215 a. C. – 163 a. C.) fue rey de Siria de la dinastía Seléucida desde c. 175 a. C.-164 a. C.

Era hijo de Antíoco III Megas y hermano de Seleuco IV Filopátor. Originalmente fue llamado Mitrídates, pero adoptó el nombre de Antíoco tras su ascensión al trono (o quizás tras la muerte de su hermano mayor, también Antíoco).

Subió al trono tras la muerte de su hermano Seleuco IV Filopátor que gobernó durante poco tiempo antes que él, hasta que Heliodoro, tesorero suyo, lo mató por ambición. Había vivido en Roma según los términos de la paz de Apamea (188 a. C.), pero acababa de ser intercambiado por el hijo y legítimo heredero de Seleuco IV, el futuro Demetrio I Sóter. Antíoco se aprovechó de la situación, y junto con su otro hermano Antíoco, se proclamó rey con el apoyo de Eumenes II de Pérgamo y el hermano de éste, Átalo I. Su hermano Antíoco sería asesinado pocos años después.

Por su enfrentamiento con Ptolomeo VI, que reclamaba Celesiria, atacó e invadió Egipto, conquistando casi todo el país, con la salvedad de la capital, Alejandría. Llegó a capturar al rey, pero para no alarmar a Roma, decidió reponerlo en el trono, aunque como su marioneta. Sin embargo, los alejandrinos habían elegido al hermano de éste, Ptolomeo VIII Evergetes como rey, y tras su marcha decidieron reinar conjuntamente. Esto le obligó a volver a invadir el país, y así en el 168 a. C. conquistó Chipre con su flota. Cerca de Alejandría se encontró con el cónsul romano Cayo Popilio Laenas, que le instó a abandonar Egipto y Chipre. Cuando Antíoco replicó que debía consultarlo con su consejo, Popilio trazó un círculo en la arena rodeándole y le dijo: «píensalo aquí». Viendo que abandonar el círculo sin haber ordenado la retirada era un desafío a Roma decidió ceder con el fin de evitar una guerra.

Antioco IV Epifanes fue un personaje funesto en la historia judía pues intentó aplicar una helenización violenta y radical en Jerusalén e inició una de las primeras persecuciones religiosas conocidas, fenómeno casi desconocido hasta entonces. En el 169 organizó una expedición contra Jerusalén, tomó la Ciudad Santa destruyéndola y matando a muchos de sus habitantes y saqueó el templo; poco después, en el 167, según el Libro de los Macabeos, debido al deterioro de las relaciones con los judíos religiosos, promulgó varias ordenanzas de tipo religioso: trató de suprimir el culto a Yahveh, prohibió el judaísmo suspendiendo toda clase de manifestación religiosa, mandó que se comieran alimentos considerados impuros y trató de establecer el culto a los dioses griegos llegando a levantar un altar a Zeus dentro del Templo. Todo esto fue la causa de lo que más adelante se conoce como “Rebelión de los Macabeos”.

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